Una anécdota suele repetirse en las sobremesas, narrada casi siempre por gente vinculada con el turismo. La historia es así: llega a Tucumán un piloto europeo, decidido a descubrir las bondades del cerro San Javier para la práctica del parapentismo. Van por la ruta rumbo a la ciudad y el invitado dice: “por favor, ¿me consiguen una moto?” Siguen andando y al rato lo mismo: “¿me consiguen una moto?” A la altura de la bajada a Alderetes insiste: “¿me consiguen una moto?” Intrigados, los anfitriones le preguntan: “¿y para qué querés una moto?” La respuesta es contundente: “es que nunca anduve sin casco”.

Si Argentina es uno de los países en los que menos se usa casco de Latinoamérica, Tucumán ocupa directamente el fondo del pozo de la estadística. Un estudio realizado por el Observatorio Vial de la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV) indica que San Juan es el ejemplo a imitar, porque el 96% de los motociclistas transita con el casco puesto, mientras que Tucumán es el peor alumno del curso: apenas el 28,2% viaja con casco. La ANSV recogió datos en las 24 jurisdicciones y las cifras que condenan a Tucumán son inquietantes porque revelan un desapego por las normas -y en especial por la vida- que explica en gran medida nuestras conductas.

Se calcula que unas 140.000 motos circulan a diario por San Miguel de Tucumán y el conurbano. Este año, la Dirección de Tránsito del municipio capitalino había informado que la mitad de los conductores y/o sus acompañantes no usan casco, pero según la ANSV esa cifra es por demás optimista. La autoridad nacional sostiene que no llega al 30%. Tucumán queda así en el inframundo de la ilegalidad, última en un ranking de 24 provincias. Detrás de San Juan aparecen La Rioja (94,5% de los motociclistas usa casco), Mendoza (90,6%) y Chubut (89,1%). Los números entre las grandes son positivos para la CABA (88,4%) y dejan en la mitad de la tabla a la Provincia de Buenos Aires (60,6%), Santa Fe (59,3%) y Córdoba (58,3%). Últimas figuran Chaco (29,7%), Jujuy (29,6%) y Tucumán con ese apuntado y preocupante 28,2%.

El crecimiento exponencial del mercado de motos cambió las coordenadas en el mapa de los accidentes: por primera vez, en el país muere más gente a bordo de motos que de autos. En el desagregado de esta lista aflora que, en buena medida, se trata de varones de entre 15 y 24 años. Si hubieran usado casco muchos de esos casos se habrían evitado, pero de acuerdo con la ANSV sólo el 65% de los argentinos se protege la cabeza a bordo de las motocicletas. Nada que ver con Chile o con Perú, donde resulta rarísimo detectar conductores sin casco. Quienes se animan a vulnerar la ley afrontan allí multas altísimas que no se reducen a lo económico, porque incluyen la pérdida temporal de la licencia.

Salta a la vista que las campañas de concientización realizadas en Tucumán por distintos municipios no dieron resultado. El casco es para la amplia mayoría de los motociclistas un estorbo del que se prescinde sin temor a alguna sanción, teniendo en cuenta la inexistencia de los controles. Si en la ciudad es habitual la circulación de tres o cuatro personas en una moto, ¿a quién se le va a ocurrir fijarse en el casco? En el caso de los cuatriciclos, el clásico de las villas veraniegas, la situación es la misma.

De acuerdo con la incansable ONG Luchemos por la Vida, en caso de accidente los motociclistas que no usan casco tienen un 73% más de posibilidades de morir en la calle que quienes viajan protegidos; y si de lesiones graves se habla, la estadística es más alta: los que usan el casco padecen hasta un 85% menos. Se trata, a fin de cuentas, de cuidarse, de respetar y de respetarse, de armonizar con la vida ciudadana. Algo grave sucede en una sociedad que deja de lado todos estos principios como quien se sacude una mosca que revolotea cerca.

El contexto no ayuda, teniendo en cuenta lo caótico del tránsito tucumano y la carencia de soluciones en ese sentido que han dado esta gestión municipal y las anteriores. Primero está la educación vial, después el control y, al cabo, el castigo a los infractores. Ninguna de estas tres patas consigue articularse en un todo y la consecuencia es la muerte en las calles. Muertes que pueden prevenirse.